Recuerdo una tarde típica en la que estaba sentado en la oficina, trabajando diligentemente. Sin embargo, mi cuerpo parecía tener su propia mente. Durante toda la tarde, me encontré en un estado inexplicable de excitación. A pesar de no hacer ni mirar nada, no podía controlar mi cuerpo. La sensación era como una cuerda invisible que me tiraba, obligándome a reconocer mi deseo.
Intenté ignorar la sensación y centrarme en mi trabajo. Pero mi cuerpo se negó a cooperar. Cada vez que intentaba concentrarme, mi cerebro era interrumpido por diversos pensamientos. Esos pensamientos eran como un grupo de niños traviesos, saltando en mi mente, sin poder ser domesticados. Este estado me hizo sentir extremadamente avergonzado y frustrado, sin saber cómo sacudirme la vergüenza.
Comencé a preguntarme por qué estaba sucediendo esto. ¿Mi cuerpo estaba intentando decirme algo? ¿Mi deseo estaba intentando transmitir un mensaje? Comencé a reflexionar sobre mi vida, intentando encontrar la causa. Quizás no había relajado en un tiempo, o quizás no había dormido bien últimamente. Fuera cual fuese la razón, sabía que necesitaba encontrar una solución.
Decidí intentar relajarme, permitiendo que mi cuerpo y mente descansasen. Comencé a tomar respiraciones profundas, intentando disminuir mi ritmo cardíaco. Al mismo tiempo, comencé a pensar en mis deseos, intentando entender mi cuerpo. Gradualmente, comencé a sentir que mi cuerpo se relajaba, mi mente se aclaraba. La sensación de excitación comenzó a desaparecer, y finalmente pude centrarme en mi trabajo.
La experiencia de aquella tarde me enseñó a controlar mi cuerpo y deseos. Me enseñó a relajarme y entender mi cuerpo. Ahora, cuando me encuentro en una situación similar, sé cómo manejarla. Tomo respiraciones profundas, me relajo y trato de comprender mi cuerpo.